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Silvia tenía grandes planes para su familia. Iban a ir al Jardín Zoológico y se deleitaba con la idea de cuánto se divertirían. Como habían programado salir al mediodía, durante el desayuno comenzó a pensar qué debía hacer cada miembro de la familia antes de partir. Quería que su hijo Juanjo hiciera la limpieza del jardín que venía postergando –algo que sucedía habitualmente– porque ese día debían devolverle algunas herramientas a un amigo. Silvia le dijo a Juanjo que “debía” hacerlo antes de partir. Puso énfasis en que “terminantemente” debía finalizar el trabajo antes de las 11:30 , por lo tanto, debía asegurarse de empezar temprano. Una hora después, Juanjo todavía no había comenzado y Silvia se lo volvió a recordar. Media hora más tarde, repitió las mismas palabras. Estuvo muy ocupada en otros quehaceres y a la hora señalada, entró a la sala y encontró a Juanjo mirando televisión. –¿Qué estás haciendo? –gritó. –Te dije que terminaras con el jardín antes de que nos fuéramos. ¡Ahora saldremos tarde! No Puedo creer que nos hagas esto. Continuó quejándose, muy enojada, hasta que ella misma, papá, una hermana y Juanjo finalizaron el trabajo de limpiar el jardín para poder partir a la hora prevista. El viaje al Jardín Zoológico fue bastante menos que agradable. Se podía “respirar” el enojo hacia Juanjo. El resto del día continuó de la misma manera.
A unas cuadras de allí, se producía una situación similar, pero con diferentes resultados. Marita tenía planes para ir de compras esa tarde con sus tres hijas. Les había dado instrucciones acerca de qué debían hacer antes de partir. Les dijo que saldrían a la una de la tarde y que quienes no hubieran terminado sus obligaciones para esa hora, no serían de la partida. Unos quince minutos antes de salir, descubrió que Julia, su hija del medio, no había terminado con sus obligaciones. –Parece que has elegido no venir con nosotras –le dijo Marita a Julia. –¡Qué pena! Te vamos, a extrañar. –No puedes hacerme eso. ¡No es justo! –exclamó Julia. –Me parece que dije claramente que debían terminar sus tareas antes de que saliéramos de compras. Lamento mucho que eligieras no hacerlas. Te veremos más tarde. Dicho sea de paso, ahora no tengo tiempo para pensar en una consecuencia si no las terminas para la hora de la cena, pero tal vez no deba preocuparte por eso. Te echaremos de menos. Adiós. Marita y sus otras dos hijas pasaron una tarde maravillosa.
El principio de la realidad Los padres se ven en problemas cuando no pueden distinguir entre las consecuencias psicológicas y negativas de las relaciones, en contraposición a las consecuencias de la realidad. La vida funciona con las consecuencias de la realidad. Las consecuencias psicológicas y negativas de las relaciones, tales como enojarse, enviar mensajes de culpabilidad, reprochar y dejar de dar muestras de amor, por lo general no motivan a las personas a cambiar. Pero si lo hacen, ese cambio es temporal y está dirigido únicamente a lograr que la persona deje de ejercer una presión psicológica. El verdadero cambio generalmente se produce solo cuando la conducta de una persona hace que esta deba enfrentar consecuencias de la realidad tales como: dolor o pérdida de tiempo, dinero, posesiones, situaciones de disfrute y personas queridas.
En las situaciones que describimos, Silvia y Marita pasaban básicamente por la misma circunstancia, pero sus respuestas fueron totalmente opuestas. Silvia empleó consecuencias psicológicas y negativas sobre las relaciones y evitó las consecuencias de la realidad. Marita evitó las consecuencias psicológicas, y aplicó las consecuencias de la realidad. En pocas palabras, Marita permitió que Julia experimentara la Ley de la siembra y la cosecha. Ella sembró irresponsabilidad y cosechó la consecuencia: la pérdida de algo que quería. ¿Acaso no es así como funciona el mundo real? ¿No le hará falta comprender esa ley cuando llegue a la adultez? Consideremos lo que dice Dios: “Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará...” (Gálatas 6:7-8). ¿No es cierto que cuando se nos permite pagar un precio por nuestros errores, aprendemos de ellos? Las pérdidas de la realidad nos hacen cambiar nuestra conducta.
Dependemos de la Ley de la siembra y la cosecha a diario, tanto positiva como negativamente. Dios la ha colocado en el universo y podemos construir una vida alrededor de ella. Desde el aspecto positivo, dependemos de esta ley para que sucedan cosas positivas: Si me esmero, podré progresar en mi carrera. Si hago suficientes llamados telefónicos, haré algunas ventas. Si estudio la Biblia y busco a Dios, creceré espiritualmente en mi relación con Él. O situaciones negativas: Si como todo lo que deseo, engordaré o tendré alguna afección cardíaca. Si grito a las personas que quiero, las lastimaré y se producirá una distancia entre nosotros. Si no presto atención a lo que gasto, puedo llegar a tener problemas financieros y a perder mi libertad. El aspecto positivo de la Ley de la siembra y la cosecha nos otorga un sentido razonable de poder y control sobre nuestras vidas. Eso es lo que quiso Dios para nosotros, y él se complace cuando invertimos nuestros talentos y nuestras vidas para cosechar frutos (Mateo 25:14-30). Tanto la Biblia como la vida misma demuestran que el esfuerzo, la diligencia y la responsabilidad dan sus frutos.
El aspecto negativo de la Ley de la siembra y la cosecha nos brinda un sano temor por las cosas malas. Un respeto sano por las consecuencias nos permite vivir en la realidad y encontrar un rumbo para nuestras vidas. A través del efecto de los fracasos en las relaciones, aprendemos por ejemplo, a amar como corresponde. Pero si no asimilamos la Ley de la siembra y la cosecha, perdemos tanto los aspectos positivos como los negativos de la vida. Nos falta la motivación para esforzarnos en nuestro trabajo y, al mismo tiempo, no le tememos a la pereza, a la irresponsabilidad y a otros problemas de carácter. Ambas situaciones producen sufrimiento: la pérdida de los buenos aspectos de la realidad y tener que enfrentarnos con los que no son tan buenos. Piense en lo que aprendió Juanjo: No tienes que hacer tu trabajo, puesto que todos lo harán por ti. No sucederán cosas malas cuando uno no se desempeña bien. Uno puede dejar de lado sus responsabilidades y aun así ir al Jardín Zoológico. Uno no pierde nada. Es cierto, la gente te grita, pero si no los escuchas, eso no constituye un problema. Más adelante, esto servirá de práctica con los jefes y el cónyuge.
Cambia la edad, no la ley La ley de la siembra y la cosecha les enseña a los niños a tener “dominio propio” (Gálatas 5:23), una de las lecciones fundamentales de la vida. Aprenden lo siguiente: ‘Yo tengo el control sobre la calidad de mi vida”. Se dan cuenta de que pueden optar entre no salir y sentirse desgraciados, o salir y jugar. Si eliges hacer tus tareas, juegas. Si eliges evitar hacerlas, pagas. Cualquiera sea el caso, el niño es quien controla su vida y no sus padres. Cuando el niño es pequeño, el contenido puede ser: “No toques eso o te pondré en penitencia”. Cuando crece: “No cruces la calle con la bicicleta o te la quitaré”. Si es adolescente, puede ser: “Si te multan, no te presto más el automóvil”. La fórmula consiste en brindarle al niño libertad, permitirle que decida y luego manejar apropiadamente las consecuencias. Cuando los niños hagan un buen uso de sus responsabilidades, dígales cuán orgulloso se siente de ellos e incremente sus libertades. Asegúrese de que sepan por qué están obteniendo más privilegios. La razón es porque son más dignos de confianza.
Tomado del libro: Límites para nuestros hijos Por Henry Cloud y John Townsend Editorial Vida.
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